Siempre he creado con las manos. A los tres años fabricaba bolas de papel de aluminio y le preguntaba a mi padre si eran bonitas. Crecí en una familia donde las joyas no eran un lujo, sino parte de la vida cotidiana.
Estudié Arte en Londres, entré haciendo videos, me encontré a mí misma y salí con un diploma en escultura. Durante los cuatro años que viví en Madrid me dediqué a la porcelana —mallas como armaduras, construidas a mano, una técnica nueva, enteramente mía.
Roma me enamoró del bronce. No el bronce antiguo —una aleación moderna, cálida, que busca la forma esencial. Cada pieza nace de la cera y del fuego, de una historia que combina imaginación y materia.
Luego está el cuerpo. El diálogo con quien lo lleva. Y me encuentro como cuando tenía tres años —convencida de que las cosas bonitas siempre deben ser compartidas.